Entre 1807 y 1833, España vivió una etapa de profundos cambios políticos marcada por la crisis del Antiguo Régimen y el surgimiento del liberalismo. Este proceso comenzó con el Tratado de Fontainebleau (1807), que permitió la entrada de tropas francesas en la Península, y continuó con el Motín de Aranjuez (marzo de 1808), que provocó la caída de Carlos IV y la llegada al trono de Fernando VII.
Poco después, el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó contra la ocupación francesa, iniciando la Guerra de la Independencia. En este contexto se convocaron las Cortes de Cádiz (1810), que elaboraron la Constitución de 1812, el primer gran intento de implantar un sistema liberal basado en la soberanía nacional.
Sin embargo, tras la derrota de Napoleón, Fernando VII regresó a España en 1814 y abolió la Constitución, restaurando el absolutismo. Esta situación se mantuvo hasta el pronunciamiento de Riego (1820), que obligó al rey a jurar nuevamente la Constitución, iniciando el Trienio Liberal (1820-1823).
El experimento liberal terminó con la intervención extranjera: en 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis restauraron el absolutismo, dando inicio a la llamada Década Ominosa (1823-1833). Durante este período, España sufrió una grave crisis, agravada por la pérdida del imperio americano tras la batalla de Ayacucho (1824) y conflictos internos como la Guerra de los Agraviados (1827).
En los últimos años del reinado, la cuestión sucesoria fue clave. En 1830, Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción, que permitía reinar a su hija Isabel. Tras su muerte en 1833, se inició la regencia de María Cristina y estalló la Primera Guerra Carlista, marcando el inicio definitivo del Estado liberal en España.
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